Nos da por donde nos da. Hace años eran las pulseras magnéticas, después las almohadas-huevera, que al parecer tenían una forma tal que tu columna permanecía recta aunque durmieras haciendo el pino. Luego apareció el aloe vera como la llegada de un nuevo dios de la salud y la belleza, todo potingue femenino tenía su pizquita de aloe y vendían palés y palés de productos aloeizados como si fueran el santo grial. Más tarde llegó la soja y de pronto la sabiduría milenaria del lejano oriente quedó a un paso de nuestras casas, en las estanterías de todo supermercado que se precie de haber llegado al siglo XXI.
Ahora tú pones la tele por la mañana y, entre los anuncios de véndeme-tu-oro, colchones de viscolátex y robots de cocina, hay una remesa importante de anuncios de cuidarse (la línea, la alimentación, la piel grasa, la piel seca, el cabello teñido, los talones resecos y agrietados) y entre ellos se encuentran, hablando en román paladino, los productos del buen cagar.
La reina de las mañanas sigue siendo Ana Rosa, no sé si en términos de audiencias le superará Susan(n)a “morritos” Griso, pero hay una nueva autoridad en la tele mañanera: la fibra. No verás a esas horas mayor concentración de anuncios de productos con el añadido de la fibra, que si el plan Special-K, que si Activia (el antiguo Bio), que si muesli con frutas, con chocolate, muesli que está tan bueno que no parece muesli, cereales de desayuno con salvado tipo All-Bran, que si “producto mágico con el que comes y no engordas”, que si patatín, que si patatán.
Luego se inventan una palabra que hasta que no la escuché en la tele no sabía que podía adoptar ese oscuro significado: la regularidad. Acuérdate de Coronado diciendo a su amiga en sus primeros anuncios de Bio de Danone, que el yogurcito era bueno para… la regularidad, que más tarde se refinó aún más sustituyéndolo por el “…ya sabes” mientras removía la cucharilla de postre en el aire con gesto pudoroso, sonrisa picarona y cara sonrojada.

"Yes, we can"
Ahora todos debemos ser regulares como sea y toda costa. Si un día, por lo que sea, no liberamos a Willy, hemos de sentirnos sucios, incómodos, pesados y tristes. Imagino que habrá gente que marcará en su calendario cuándo va teniendo sus momentos All-Bran para si algún día no se produce tan grato suceso, aplicar una buena dosis extra de fibra. ¿Que estás en el bus, en el metro o en el trabajo y recuerdas que hace ya dos días que no… ya sabes? Pues nada, sacas de tu bolsito una barra de muesli con frutas del bosque y chocolate que te va a poner en horario GMT +5 en menos que canta un gallo. Hasta sacaron un ColaCao con fibra y algunas pizzas de Casa Tarradellas (las que llevan mucha verdura, basicamente) son con masa integral. La industria alimentaria no puede dejar pasar tamaño filón.
En el programa de salud de las mañanas de la primera, la insigne doctora Roselló insistía día sí y día también en lo buenísima y saludabilísima que es la fibra, recomendaba “la buena legumbre”, “el buen pan integral”, “la buena espinaca/acelga/alfalfa” y los preparados de herboristería, así que puso a al 90% de la población mayor de 65 años a obrar de vientre a toda pastilla.
El otro día viendo la tele mañanera me di cuenta de que nunca me he parado a pensar sobre todo eso aplicado a mí mismo. No tengo ni la más remota idea de la frecuencia con la que calculo el PIB, pero de momento no he tenido ningún problema al respecto. No como nada de fibra, me refiero a productos industriales procesados, aunque viendo el bombardeo mediático y publicitario al que nos someten me pregunto, ¿lo estaré haciendo bien? No lo tengo nada, nada claro…
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