Desde aquí maldigo a Spotify. Desde que existe, dispongo de la mayor parte de la discografía musical de todo occidente. Puedo acceder a ella de forma instantánea y efectuar búsquedas ultra rápidas en su infinita base de datos y escuchar cualquier tema, disco o discografía del autor que me plazca. Todo ello gratis.
Maldigo a Spotify. Cada vez que alguien habla de una canción o un artista musical que desconozco, acudo al programa y lo escucho. Si me gusta, lo agrego a una lista de reproducción para escucharlo más tarde. Incluso puedo pasar esas listas a mis amigos o conocidos, o a quien me de la gana y compartir ingentes cantidades de música. Hay páginas en internet que se dedican a crear y distribuir estas listas y muchas de estas páginas lo hacen con un buen gusto excelente.
Recuerdo cuando salieron los emuladores de videoconsolas para PC. Fue un poco antes de que empezara a popularizarse el uso de internet en España. Meses después ya había decenas de CDs llenos de ROMs para los emuladores y pensé que era lo mejor que me podía haber pasado. Piénsalo: Todos esos juegos de SNES que siempre quisiste poseer y jugar, de repente a tu alcance. Maravilloso, ¿verdad?
Pues no, nada más lejos de la realidad. Creo que no seré el único cuando digo que los emuladores han conseguido, paradojas de la vida, que no juegue absolutamente a ninguno de aquellos juegos. Es decir, tienes cientos y cientos de ROMs en una carpeta… ¿te vas a conformar con jugar sólo a un juego? No, lo que haces es probar y quitar, probar y quitar. Ir de juego en juego sin jugar realmente a ninguno. Pones Super Mario Bros, te mata una seta traicionera y ¿qué haces? Pues lo quitas y pones otro. Y así sucesivamente hasta que te cansas, te hartas, te saturas de emulador y te olvidas por un tiempo.
Maldigo a Spotify -y a internet, por extensión- porque ha logrado que no escuche música. Los nuevos artistas y nuevas composiciones pasan por mis oídos rápido y con la misma rapidez desaparecen. No se crea vínculo alguno con la música que se oye porque ya tienes cientos de canciones a la cola esperando ser escuchadas. De hecho, la música que me gusta realmente es la que ya me gustaba antes de que toda esta revolución llegara. Nos hemos convertido en unos consumidores compulsivos de material audiovisual. Vemos películas y al rato ya las hemos olvidado. Escuchas títulos y no sabes si la has visto antes o no. A veces te pones a ver una peli y hasta bien entrado el argumento no te percatas de que esa ya la viste en alguna ocasión… aunque no recuerdas el final. Antes ibas al videoclub y la película que alquilabas con la poca pasta que tenías la veías, la reveías, la hacías tuya y contagiabas a tus amigos para verla. Y quedaba grabada en tus recuerdos a fuego. Ahora no sabes si la película que te gustó tanto el mes pasado se llamaba Asesinato Letal u Homicidio Fatal.
Si ya teníamos el mundo en nuestras manos, ahora con Spotify prácticamente nos lo dan cortado, masticado y digerido. Somos oídos bobos que no escuchamos, no apreciamos realmente una mierda la música que nos llega, aunque sea buena y aunque nosotros mismos digamos y creamos que es buena. No, en verdad dentro de dos meses ya no la estaremos escuchando y casi la habremos olvidado. No sé si me habré explicado bien, pero para mí la música ha muerto un poquito más.
Maldito Spotify.

Aprovechando que tengo unos días de ADSL del bueno antes de venirme definitivamente a principios de Agosto, decidí escribir un algo en aqueste vuestro blog, pero he comprobado lo difícil que es, con estos calores, unir una palabra con otra, incluso una letra con otra, y que cobren algo de sentido y un mínimo interés.